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Estilos de apego en la infancia

En otro post definimos lo que es un vínculo afectivo: sentimiento de amor que une a las personas a nivel interpersonal. Cuando se tiene un vínculo afectivo con otra persona, nacen emociones como la solidaridad, comprensión, cariño y ayuda mutua.

También explicamos lo que es el apego: el tipo de vínculo afectivo que desarrolla el niño con sus cuidadores principales (normalmente sus padres, pero pueden ser otras personas de referencia) en función de cómo estos cuidadores responden a las necesidades del niño. Por tanto, cuando decimos apego, tiene más que ver con la descripción de cómo es esa relación/vínculo afectivo entre el niño y sus cuidadores.Clásicamente, se han estudiado y descrito los siguientes tipos de apego en la infancia:

    1. Apego seguro.

El niño se siente protegido y con confianza en que sus necesidades van a ser atendidas por parte de sus figuras de apego (los adultos que le cuidan, generalmente los padres). Así, los padres logran proporcionar al niño una base segura por la que puede jugar y explorar lejos, ya que sabe que puede regresar a sus brazos si lo necesita para obtener confort, escucha y protección.

2. Apego inseguro.

En general, el niño no siente confianza en que sus cuidadores vayan a estar disponibles y cubran sus necesidades, falla la seguridad hacia la figura vincular por diferentes razones (dependiendo del estilo de apego inseguro). De esta manera, dentro del apego inseguro, encontramos tres tipos:

      • Ansioso-ambivalente.

Los niños con este estilo no están seguros de la disponibilidad de figura vincular física o emocional. Esto crea en ellos una sensación de inseguridad alta. Tienen la sensación de que no pueden tener acceso a una figura importante (su figura de apego, normalmente padre o madre), a la que intentan acercarse una y otra vez (dado que la estructura biológica y cerebral está programada para intentar que esta figura vuelva por todos los medios), lo cual causa en ellos un sufrimiento.

      • Evitativo.

El niño tiende a evitar a los cuidadores, ya que la respuesta de estos antes la expresión de necesidades y emociones por parte del niño suele ser crítica y de rechazo. El niño empieza ya a forjar mecanismos de defensa que en la adultez se verán mucho más marcados y que tienen que ver con evitar el contacto y la intimidad, la desconexión, el aislamiento o la independencia,… En su infancia, estas personas empiezan a construir un sistema de negación de sus propias necesidades de apego y vinculación, que se llaman estrategias de desactivación, porque sus figuras de apego se muestran críticas y reacias ante las necesidades y emociones del niño. Es posible que estos niños no rechacen la atención del padre o la madre, pero tampoco buscan consuelo en ellos o contacto. Los niños con un estilo de apego evitativo aprenden a sobrevivir en un vínculo con sus figuras de apego que es inseguro, crítico y en ocasiones invasivo, por lo que aprenden también a desconectarse de sus necesidades de apego (necesidad de afecto y proximidad) y a desarrollar estrategias de evitación. Estos niños van aprendiendo a reprimir más que a expresar sus emociones, para en el futuro incluso a desconectarse de ellas y negarlas. Las madres de los niños con apego evasivo pueden ser muy críticas con las expresiones emocionales de sus hijos. Los niños con este tipo de apego  no muestran preferencia entre un progenitor y un completo desconocido.

      • Desorganizado.

Es característico en niños que han sufrido cuidados negligentes severos. Estos niños, como estrategia de supervivencia, tienen que aprender a sentir un miedo profundo hacia sus cuidadores principales y hacia sus conductas erráticas y negligentes. Estos niños viven una paradoja entre necesitar a la figura de apego para sobrevivir y al mismo tiempo sentirse altamente amenazado por ella (recordemos que en estos casos hablamos de negligencias severas por parte de los cuidadores): «te quiero y te necesito, pero a la vez me das miedo».  Estamos biológicamente programados para buscar la proximidad con nuestros padres cuando estamos en peligro, dato que puede aclarar aún más la paradoja en la que se encuentran estos niños.

Los padres pueden provocar miedo a los niños de diferentes maneras: siendo abusivos de forma física, emocional, sexual, o siendo negligentes. Otra forma en la que los niños se sienten atemorizados es cuando los padres se encuentran en un estado alterado de conciencia (de forma repetida), por ejemplo por consumo de drogas o por un problema psicológico/psiquiátrico, actuando de una forma extraña que asusta al niño y haciéndole ver que su cuidador no está disponible (aunque no estén haciendo algo malo al niño directamente). No es de extrañar que a veces estos niños incluso adoptar el rol de padres (cuidadores de sus propias figuras de apego).

En este estilo de apego, el niño no puede formar una estrategia organizada sobre cómo reaccionar ante estas situaciones porque son caóticas, impredecibles y dan mucho miedo. También se puede dar en niños que han sido criados en hogares adoptivos donde el cuidado ha sido dado por diferentes figuras que aparecen y desaparecen en la vida del niño. Cabe matizar que este tipo de apego no se tiene que dar siempre que exista un abuso en la infancia (hay niños que han sido abusados y no muestran apego desorganizado), al igual que hay niños que sí tienen apego desorganizado pero no han sufrido abuso.

Todo esto trae muchas consecuencias negativas en la adultez, de hecho, este estilo de apego es el que más tendencia tiene a sufrir trastornos psiquiátricos en la adultez: el apego desorganizado es factor de riesgo para sufrir trastornos y problemas psicológicos (lo cual no implica que por tener apego desorganizado se vayan a dar necesariamente estos problemas posteriores).

Comparación entre apego desorganizado y apego evitativo:

Para entenderlo mejor, vamos a comparar el apego desorganizado y el evitativo. En el apego evitativo, el niño «desactiva» su sistema de apego porque predice que no va a poder obtener ese confort, atención, presencia emocional y aceptación y cuidado de sus necesidades por parte del cuidador. Esta es su estrategia organizada para encontrar seguridad («como me rechazas al mostrar mis emociones y necesidades, entonces aprendo a suprimirlas, desconectarme de ellas y no expresarlas, y así todo va mejor y me encuentro más seguro»). Por ejemplo, si cada vez que el niño llora frente a la madre ésta se molesta o minimiza su llanto, el niño prefiere no llorar y suprimirlo, con ello evita el rechazo o la distancia de su madre. El pequeño se vuelve más independiente (y esto no es algo positivo) y se enfoca en cosas o actividades externas.

Por otro lado, en el caso del apego desorganizado, el niño sí que quiere acercarse a su figura de apego y busca su confort, ocurriendo que ella se lo da a veces y él se siente bien pero en otras ocasiones ésta misma figura de apego se vuelve una fuente de terror y hace que el niño se paralice. De esta manera, el niño no encuentra ninguna estrategia organizada de actuar frente a su madre o cuidador (figura de apego): no sabe en qué momento va a venir de nuevo el episodio de terror.

Comparación entre apego desorganizado y apego ansioso-ambivalente:

Un niño con apego ansioso no siente un miedo generalizado ante sus cuidadores (que sí sentiría un niño con apego desorganizado). Lo que sí identifica el niño con apego ansioso es que a veces esos cuidadores están presentes o cariñosos y en otras ocasiones están ensimismados, indiferentes o ausentes. El hecho que los cuidadores sean inconsistentes hace que el niño se aferre, luche por el cariño y la atención.

En el apego desorganizado, el niño sí siente un miedo real y lo suficientemente significativo ante su cuidador. Esto hace que se quiera acercar (porque su cerebro y sus mecanismos de apego están diseñados para esto y porque, a veces, el cuidador sí se muestra afectuoso y tranquilo) y al mismo tiempo alejarse (por el miedo que le tiene a la figura de apego debido a las conductas severamente negligentes o abusivas del mismo).

Ese estilo de apego en la infancia (el cómo ha sido ese vínculo entre los cuidadores y el niño) va a quedarse «grabado» en el niño: de esa relación el niño aprende a relacionarse consigo mismo y con los demás. Así, cuando el niño se convierte en adulto, vemos que el estilo de apego (el cómo ha sido su relación con sus cuidadores) influye mucho en el tipo de relaciones interpersonales que mantiene (más o menos sanas) y  los patrones relacionales (más funcionales o menos) que sigue.

Por ello, también hablamos de estilos de apego en la adultez, refiriéndonos a las tendencias de la persona en cuanto a las relaciones sociales que mantiene (a la forma de vincularse o relacionarse con los demás, si es funcional o disfuncional). Por ejemplo, una persona que haya vivido un estilo de apego seguro en su infancia, lo más probable es que mantenga relaciones bastante sanas con otras personas (donde exista confianza, respeto, disponibilidad, presencia, cariño, comunicación, etc.). Sin embargo, para una persona que haya vivido un estilo de apego inseguro en su infancia, es altamente probable que no se vincule con otras personas en su adultez de forma muy saludable: tenderá a tener conflictos frecuentemente con los demás y a que le cueste abordar esos conflictos de una forma funcional y adaptativa, tenderá a perpetuar relaciones insatisfactorias, quizá a directamente no querer intimidad o relaciones, quizá le cueste entender y expresar lo que siente y lo que necesita, etc.

El estilo de apego es móvil. Esto quiere decir, por una parte, que puede haber diferencias entre el estilo de apego que ocurrió en la infancia y el estilo de apego que el adulto mantiene,  ya que puede verse influido por otras personas significativas que estén o hayan estado en la vida de la persona (pareja, amistades…) o situaciones difíciles que haya atravesado la persona.  Por otra parte, también quiere decir que, en general, el estilo de apego se puede trabajar y mejorar: si venimos de un estilo de apego inseguro, podemos trabajar en terapia para repararlo y hacer que la persona empiece a mantener relaciones más sanas y satisfactorias (consigo misma y con los demás). Además, hay que destacar que en psicología las cosas no son blancas o negras, de tal manera que un adulto es difícil (aunque posible) que se encasille exclusivamente en un único estilo de apego, cumpliendo todos los rasgos asociados a dicho estilo. Lo más habitual es que el adulto presente varios rasgos de diferentes tipos de apego teniendo uno predominante. E incluso, se habla también de una cuestión muy común, que sería el tipo mixto, donde los dos tipos predominantes en la persona serían el ansioso-ambivalente y el evitativo.

Tras esto último, cabe también preguntarse lo siguiente: en la adultez, ¿qué es un vínculo afectivo saludable (seguro)? ¿qué características tiene que tener?

Finalmente, hay que señalar que los estilos de apego que se engloban dentro del apego inseguro son fruto de relaciones en las que falla la seguridad hacia la figura vincular y generan lo que consideramos una (o varias) heridas emocionales de la infancia. Esta/s herida/s acompañará a la persona durante su vida si no se repara, y esto se verá reflejado negativamente en su autoconcepto y su autoestima, así como en sus relaciones interpersonales y afectivas.

María Rodríguez Avatar Psicóloga
María Rodriguez

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